Existe Belleza En Lo Finito

Todos pasamos por momentos en la vida en los que la vida misma parece haber perdido su sabor, su placer. Si el momento en cuestión ocurre cuando nuestra alarma suena por la mañana y nos damos cuenta de que odiamos nuestros trabajos, o si el momento llega en un momento de enfermedad, o una ruptura o divorcio problemático, o en un momento dado de dificultad financiera, a veces pensamos, para robar una frase de mi abuela, que la vida en su totalidad es y será indefinidamente "un bajón". Tené en cuenta que no estoy hablando de momentos de tragedia extrema, sino que estoy hablando de cómo nos sentimos después de pequeñas tragedias o cómo nos sentimos cuando nos encontramos atrapados en surcos de repetición en los que no queremos estar.

Para la mayoría de nosotros, cuando se produce este sentimiento de resistencia existencial, tratamos de encontrar formas de afrontamiento que a menudo son ineficaces: compramos hasta que nos enterramos, comemos en exceso, bebemos demasiado, o nos mudamos a un lugar diferente con la esperanza de que no nos seguirá nuestro propio yo a nuestro destino. Pero si querés que tu vida pase de blanco y negro a tener color otra vez, te diría que hay una manera de lograrlo más fácil, económica y mucho más efectiva: pensá más acerca de tu propia muerte.

Ese consejo radical probablemente es algo que no escuchás todos los días y de hecho ese consejo puede sonar como si fuera contrario a la sabiduría convencional adicta a la positividad presentada por libros de autoayuda y oradores motivacionales. Ni siquiera me sorprendería si lo que acabo de decir hiciera que quisieras hacer clic para salir de este artículo y nunca volver a leer este sitio web, o al menos activara algunas de tus alarmas internas para saber si estoy o no cuerdo o si mi punto de vista es saludable. Pero escuchame cuando sugiero que cualquier momento de trascendencia o asombro, o incluso felicidad básica que experimentamos, está vinculado, en última instancia, a nuestra propia mortalidad y a cómo la concebimos. En resumen, lector, te sugiero creer que hay belleza en lo finito.

En la novela de James Patterson The Quickie de 2007 hay un punto en la historia en el que la protagonista, una mujer llamada Lauren, afirma lo siguiente: "Supongo que cada vida tiene al menos un momento de oro, ¿verdad? Un período de tiempo en dónde la gloria del mundo y tu lugar en él se alinean breve y mágicamente".

Cuando leí esa línea, encontré que era una frase tan elegante y maravillosa (y ciertamente de una fuente bastante inusual).

Un período de tiempo en dónde la gloria del mundo y tu lugar en él se alinean breve y mágicamente.

La sensación de asombrosa reverencia que sentimos cuando miramos hacia un cielo lleno de estrellas, por ejemplo, surge de nuestro conocimiento de que esas estrellas han sido innumerables personas antes de nosotros devolver la mirada, y las verán innumerables personas después de nosotros hacer lo mismo. En otras palabras, las cosas permanentes son hermosas debido a nuestra impermanencia. Si también fuéramos permanentes, entonces, esas mismas cosas no serían hermosas porque la permanencia que las hace así sería ordinaria. Permanente o "atemporal", las cosas intrigan y nos desconciertan precisamente porque somos todo lo contrario. La trascendencia solo es posible cuando, al igual que la pintura de Miguel Ángel, nuestras manos mortales se alzan en un intento de sentir, aunque solo sea por un momento, la "mano" de las cosas cuya misma naturaleza trasciende nuestras insignificantes ansiedades.

Este parece ser un punto bastante obvio y es incluso una de las cosas asombrosas sobre nosotros como seres humanos, cuando se trata del tema de la muerte es la cantidad de energía que gastamos evitando su aguijón. Hacemos arreglos funerarios elaborados como si pudiéramos asistir, creamos doctrinas religiosas que extienden la existencia más allá del día de nuestra muerte, periódicamente desempolvamos viejos trofeos de días más exitosos y, si todo lo demás falla, podemos tener hijos a través de quienes esperamos vivir indirectamente y que esperamos que continúen nuestro apellido mucho después de habernos ido.

Pero planteo que el hecho de que algún día vamos a morir no solo es algo que no deberíamos evitar pensar, sino que, por el contrario, es un hecho que, cuando se lo menciona con frecuencia, agrega sabor a nuestras vidas. Al mantener la naturaleza temporal de nuestras vidas siempre a la vanguardia de nuestros pensamientos, nuestras experiencias cotidianas adquieren un nuevo significado e importancia sin importar cuán mundana sean. Y es por eso que digo que hay belleza en lo finito.

En Meditaciones, Marco Aurelio escribe: "Piensa que después de no mucho serás nadie en ningún sitio y tampoco nada será de lo que ahora ves ni ninguno de los que ahora están vivos. Por naturaleza todo cambia, se modifica, se destruye para que surjan otras cosas sin interrupción". Mucha gente, desafortunadamente, encontrará ese pasaje molesto. La sabiduría convencional nos dice que si queremos vivir vidas felices y satisfactorias, entonces, no deberíamos pensar en la muerte con frecuencia porque hacerlo es triste y deprimente. Pero Marco Aurelio entendió que es precisamente la inevitabilidad de dejar de existir lo que da un tremendo valor e importancia a la existencia que actualmente estamos experimentando. Él entendió que hay belleza en lo finito.

"Aún así", podrías decir: "es más fácil decirlo que hacerlo". Después de todo, incluso si uno comienza a contemplar su mortalidad con mayor frecuencia y su experiencia cotidiana mejora a causa de esto, hacerlo todavía no parece garantizar que otros aspectos complicados de la vida mejoren drásticamente. Por ejemplo, tomá las relaciones y nuestra aversión a la soledad. Casi no podemos soportar los altibajos emocionales que conlleva compartir nuestras vidas con otra persona, ni irónicamente soportar los diferentes altibajos que conlleva vivir solo. Y, sin embargo, argumentaría que incluso estas ansiedades se pueden superar con el tiempo si tenemos el hábito mental de sentirnos cómodos con la idea de nuestra propia muerte.

En una entrevista de 1993 publicada por Review of Contemporary Fiction, el difunto David Foster Wallace hizo una observación interesante cuando le dijo a Larry McCaffery: "No tienes que pensar mucho para darte cuenta de que nuestro temor a las relaciones y la soledad, los cuales son temores subyacentes de nuestro temor a quedar atrapados dentro de uno mismo (un ser psíquico, no solo un ser físico), tiene que ver con la angustia acerca de la muerte, el reconocimiento de que voy a morir, y morir muy solo, y el resto del mundo va a seguir alegremente sin mí. No estoy seguro de poder darte una justificación teórica, pero sospecho fuertemente que una gran parte del trabajo real de la ficción artística es agravar este sentimiento de atrapamiento, soledad y muerte en las personas para hacer que la gente lo tolere, ya que cualquier posible redención humana nos exige primero enfrentar lo que es terrible, lo que queremos negar".

Entonces, ¿qué hacemos cuando, en palabras de James A. Lindsay "Los himnos del cielo dejan de sonar y ya no pueden ahogar el insoportable zumbido del mosquito"? Nos regocijamos. Porque sin un final definido, absoluto e inevitable de la existencia y la experiencia, tampoco podemos esperar apreciar adecuadamente.

Debemos, informo, buscar y disfrutar de los períodos de tiempo en los que la gloria del mundo y nuestro lugar en él se alinean breve y mágicamente. Para algunos, esto implica sólo pequeñas alteraciones en el día a día: quizás cocinar una comida para alguien una vez a la semana o llevar al niño al parque con más frecuencia. Para otros, esto implica hacer cambios radicales en la vida: quizás renunciar a ese trabajo terrible o cumplir el sueño de escalar el Himalaya. Pero solo al vivir nuestras vidas en el contexto de la muerte puede descubrirse la autenticidad y nuestros días pueden ser aprovechados una vez más.

La pintura de arriba es La Fin Du Monde del artista Gao Xingjian (2007)

La pintura de arriba es La Fin Du Monde del artista Gao Xingjian (2007)

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