¿Adios Esquire?

Publicado originalmente en Areo Magazine (25 de enero)

En una escala en Toronto de camino a Phoenix hace varias semanas, compré el último número de la revista Esquire en un puesto de diarios antes de subir a mi avión y atravesar el gentío en el medio del pasillo. Mi asiento estaba contiguo a un caballero bien vestido, enfundado en un traje azul marino que portaba una amable sonrisa, miró la revista por arriba de mi brazo y dijo: "ha mejorado, ¿no? Los temas del año pasado, al menos".

La respuesta más amable que pude dar mientras mantenía cierta honestidad fue un suspiro. No fue grosera, pero ciertamente transmitió mi desencanto. Decidí desarrollar mi respuesta por el simple hecho de ser cordial, le dije al extraño que hasta su edición más reciente de diciembre/enero había seguido comprando Esquire todos los meses porque todavía tenía esperanzas de que la revista regresara de su caída de casi año y medio en la pocilga de la cultura pop. Después de todo, eso es lo que hacen los lectores leales de las publicaciones periódicas, ¿verdad? Se quedan con sus publicaciones en las buenas y en las malas; más o menos como un cónyuge, excepto cuando se trata de una revista donde cada mes obtienes una nueva y más linda y no mereces ser arrestado si la lanzas al otro lado de la habitación. Ante esto, el extraño se rió un poco y se encogió de hombros. Pero mientras hojeaba mi copia de Esquire durante el vuelo, me di cuenta de que finalmente había tenido suficiente. Había alcanzado el punto de quiebre. Si la relación de lector y publicación era como la de un matrimonio, yo quería el maldito divorcio.

53 de las 136 páginas de la edición de Esquire eran anuncios, sin incluir "artículos" que también estaban destinados a promocionar marcas de moda. Si contamos los artículos promocionales como publicidades (y lo hago), entonces el total llegaba a 66 páginas. Esto significa que de los $6 que un lector pagaba por un ejemplar de Esquire este mes, solo recibía aproximadamente $4 de contenido legítimo. 

Y hablemos sobre el contenido.

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En octubre de 1966, Esquire imprimió una portada y un artículo que cambiaron la percepción americana de la guerra de Vietnam: "Oh Dios mío, le disparamos a una niña pequeña". El artículo, escrito por el corresponsal de guerra John Sack, se convirtió en un clásico del periodismo de guerra. Siguiendo a una compañía de infantería desde su período de entrenamiento básico hasta el despliegue, Sack reveló los espeluznantes detalles de la vida cotidiana en el conflicto más impopular de Estados Unidos, desde las emboscadas del Viet Cong hasta la quema de aldeas vietnamitas. Cuando el artículo terminó con la muerte involuntaria de una niña pequeña, los lectores de Esquire se vieron obligados a hacerse una pregunta incómoda: cuando enviamos a nuestros soldados a sacrificarse en nuestro nombre, ¿comprendemos completamente cuál es el peso y la gravedad de ese sacrificio?

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Esta no fue la primera incursión de la revista en el territorio de la leyenda literaria. Hemingway publicó Las Nieves del Kilimanjaro en el número de agosto de 1936, y escritores famosos como Norman Mailer, John Cheever, Tom Wolfe y Saul Bellow fueron contribuyentes frecuentes de Esquire en la década de 1950 y principios de los 60. Las publicaciones de décadas más recientes no fueron menos cautivadoras. Boxing a Fidel de Gay Talese relató una reunión entre el legendario boxeador Muhammad Ali y el entonces presidente cubano Fidel Castro (1996); The School de C.J. Chivers nos dio una vívida visión de una situación de rehenes en Beslan, Rusia, donde 1100 hombres, mujeres y niños temían por sus vidas en un gimnasio controlado por yihadistas (2007); y The Abortion Ministry Of Dr. Willie Parker de John Richardson contó la historia de un médico que volaba desde su casa en Chicago dos veces al mes para dirigir la única clínica para mujeres que quedaba en el estado de Mississippi (2014).

Comencé a leer Esquire en 2006. Tenía 15 años y atravesaba esa fase rebelde de adolescente en la que quería escuchar una voz paternal pero no la de mi padre. Al ver a George Clooney en la portada luciendo un clásico traje negro, corbata negra y una sonrisa tranquila, decidí que él iría bien como el Virgilio para mi Dante, guiándome a través de esta interesante publicación cosmopolita donde los hombres conversaban con el lector sobre temas como cocina, música, política, libros, sexo y el mundo en general, como si fuera su confidente. 

El jefe de redacción en ese momento era David Granger, quien de 1997 a 2016 escribió cartas introductorias en cada número que exudaba modestia y profesionalismo, nunca extravagancia ni pompa. Esta era una actitud apropiada (y juvenil), dada la educación compasiva de Granger y su humilde comienzo profesional: su padre era trabajador social, su madre trabajaba con animales y él comenzó a escribir haciendo periodismo deportivo independiente. De hecho, yo diría que Granger fue el mejor editor que Esquire tuvo desde Harold T.P. Hayes, precisamente por el estilo realista y directo que adoptó temprano en su vida. Uno de mis escritores habituales favoritos de la época de Granger fue Tom Chiarella, cuyos ensayos líricos no solo eran explicaciones existenciales para deseosos de aprender y rostros plagados de granos, sino que también eran, en cierto sentido, un elogio de lo que el "hombre americano" solía ser (como estudiante de primer año en la universidad en la juventud recuerdo haber estado particularmente afectado por su artículo de 2010 ¿Cómo Sé Si Estoy Enamorado?).

Esquire— en mi adolescencia, a principios de mis 20 años y durante décadas anteriores a mi existencia y la existencia de mi padre, e incluso la existencia de mi abuelo— era una biblia para hombres jóvenes que querían impresionar, encantar, mejorar (aunque marginalmente) y, lo más  importante, comprometerse con la sociedad que lleva una identidad distinta del esperado títere de serie televisiva o chico de fraternidad estándar. En resumen, era una revista para hombres jóvenes que querían sobresalir, no quedarse atrás. ¿Y cómo podría una revista como esa morir?

Pero el 2016 fue el año de "Todas las cosas buenas llegan a su fin". Si bien es posible que sientas la tentación de pensar que estoy hablando de la presidencia estadounidense, para los lectores de Esquire la noticia del 9 de noviembre fue solo la mitad de mala que la noticia que nos dio el New York Post casi cuatro meses antes:

"Granger, que era conocido como un 'editor de escritores', renunció después de que descaradamente Hearst decidió que quería a alguien con más enfoque en la moda que llevara la bandera en los eventos de la alfombra roja y desarrollara más proyectos digitales".

Traducción: "Buscamos a alguien que se preocupe menos por la literatura breve, las entrevistas, el periodismo y los consejos de vida y que en cambio esté más abierto a los anuncios, las publicidades y más anuncios". Después de todo, no se puede tener moda sin empresas de moda, y el "proyecto digital" en el mundo de la escritura y el periodismo de hoy es a menudo una forma rimbombante de anunciar más colaboraciones de publicaciones/marca y más contenido en línea (léase: cebo de clics) destinado a generar ingresos a través de... bueno... clics.

Una visita al sitio web de Esquire hoy muestra el efecto que la nueva dirección de Hearst ha tenido durante los últimos dieciocho meses; dos minutos de navegación revelan las listas de estilo Buzzfeed (Las 50 Zapatillas Más Cancheras Del 2017, Los 21 Mejores Servicios De Suscripciones Para Hombres ), intenta promover la "positividad corporal" masculina debajo de las imágenes de David Beckham sin camisa ( Cómo Aprendí A Dejar De Preocuparme Y Amar Mis Espesas Cejas), y una pizca de justicia social ( Cómo Hacer Cócteles Feministas me informó que "Los bares deben usarse para el activismo" y que "Los bares son espacios comunitarios... No todo es diversión y salir y beber". Bien, sea como sea, "Voy a tener un Luce Irigaray on the rocks" no suena como una frase que vaya a alcanzar pronto).

Siete meses después del artículo de Post anunciando la renuncia de Granger, el New York Times anunció que Jay Fielden sería su reemplazo y la elección de Hearst para Esquire como "portador de la bandera de la alfombra roja". Y el nuevo editor títere, a su vez, no perdió ni un momento volviendo a enfatizar rápidamente la visión de la corporación acerca de la moda por encima de la esencia:

"En una señal reveladora de que el Sr. Fielden planea reventar la cobertura de la moda, agregando color y espectáculo, la edición de marzo presenta a una modelo que viste un conjunto Prada para el mal tiempo, mezcla de ciberpunk con ropa para el aire libre, incluyendo zapatillas de buceo rosa y un impermeable con un estampado inspirado en Google Earth, que podría darle un descanso a Jared Leto".

Porque eso es lo que todo estadounidense quiere en secreto. Lucir como una criatura de la Laguna de Estrógeno.

No quiero parecer una persona que odia compulsivamente el cambio, porque no es así, pero realmente hay sabiduría en el antiguo adagio del sur: "Si no está roto, no lo arregles". Y Esquire no se rompió bajo la dirección de David Granger. La revista tenía grandes escritores. Tenía columnas y secciones regulares prolijas, como "Funny Joke From A Beautiful Woman", "Answer Fella", y el comentario cultural de Tom Junod, que ahora se han eliminado para hacer espacio, lo adivinaste, para más anuncios. La revista tenía menos que ver con promover la "moda" y más sobre el estilo de enseñanza (y Dios, ¡hay diferencia en eso!). Más importante aún, la revista tenía lectores devotos que la mantuvieron a flote, incluso durante la recesión cuando otras publicaciones importantes de Hearst para hombres y mujeres, incluyendo Cosmo Girl y Vogue para hombres, tuvieron un descenso en su consumo, razón por la cual aumentar el espacio publicitario y el número de anuncios en números recientes de Esquire es tan desconcertante. Simplemente no hay razón, además de la codicia, para convertir a Esquire en un mero caparazón vacío de lo que alguna vez fue y llenarlo con glamour hueco y banalidad. Los hombres no necesitan una Elite Daily impresa.

Pero la salida de lo que tradicionalmente ha sido la revista masculina a favor del bombardeo corporativo no pudo haber sido un deseo dejado más en claro por su nuevo editor en jefe:

"No hay humo de cigarro flotando en las páginas", dijo Fielden al New York Times "Y las tres grandes cosas obligatorias también se han ido: licor marrón, boxeo y corridas de toros".

Sin dudar, todo reemplazado por Prada.

Cuando se le preguntó acerca de cómo su experiencia previa en la edición de otras revistas afectaría el futuro de Esquire, Fielden respondió: "Di a Town & Country algunos dientes".

 Granger (izquierda), Fielden (derecha)

Granger (izquierda), Fielden (derecha)

En un artículo escrito por Jeremy Berger para Gear Patrol acerca de la salida de David Granger, tenemos un vistazo revelador de lo que algunos de los miembros de la revista pensaban sobre el editor que lo reemplazó:

"Un escritor de Esquire llamó a Fielden 'el anti-Granger', señalando su falta de interés percibida en las historias con contenido y los escritores que las persiguen. Mientras que Granger es bien conocido por no gustarle a las revistas que son 'seguras' o 'responsables', decir que algo es una 'historia de revista' es uno de sus clásicos insultos, Fielden es considerado alguien que es bastante seguro (Town & Country nunca ha ganado un National Magazine Award; Esquire ha recibido 17 con Granger). Otro en la cuenta de Twitter de Fielden preguntó retóricamente si querría trabajar para un editor que durante un reciente debate presidencial republicano tuiteó casi exclusivamente sobre las elecciones de corbatas de los candidatos ("Una cosa que Trump y Reagan tienen en común" - el nudo medio Windsor. ¡Mira esos nudos de seda de viejos!'). Granger y sus escritores comparten cierta cualidad obrera - más allá de sus antiguos trabajos vendiendo bolsos y zapatos - que te hacen sentir identificado, incluso cuando esto llega intelectualmente. Existe la sensación, tal vez infundada, de que el ambiente de Fielden es más moda y celebridad, y menos periodismo".

Es así.

"Él [Granger] no se queja de la decisión de Carey [presidente de Hearst] de dejarlo ir, ni corre por escenarios hablando acerca de lo que podría haber hecho de manera diferente para evitarlo. Además, como la mayoría de las cosas, la respuesta obvia suele ser la correcta y, en este caso, parece que su pasión, historias muy bien contadas, son inconsistentes con la visión de crecimiento de Carey para Esquire y Hearst, que pasará principalmente a través del aumento del tráfico en internet... Black [el ex presidente de Hearst] contrató a Granger porque estaba buscando 'éxito de ventas del periodismo'. En entrevistas, Carey describe Hearst como 'una compañía de contenidos, operando con una mentalidad de plataforma'. Granger no usa la palabra contenido nunca. Habla de "historias", "ideas" y "escritores". Carey habla de 'contenido' creado por 'productores de contenido' y 'equipos de contenido' ".

Me di cuenta por primera vez de que quería ser escritor cuando tenía 13 años. Todos los niños en el campamento de verano (incluidos los niños de la escuela secundaria) me hicieron escribir sus cartas de amor a sus compañeras de campamento, después de varias ocasiones de decirles que sus cartas contenían letra desprolija y mala redacción. Aviso, no dije que me di cuenta de que quería ser un "productor de contenido" a los 13. Dije que me di cuenta de que quería ser escritor. Y dos años después, Esquire comenzó a jugar un papel importante en enseñarme exactamente cómo serlo. 

Escritores anteriores de la revista, como Hemingway, Mailer, Wolfe, Cheever y Bellow le habrían dado un puñetazo en la cara si los hubieran llamado "productores de contenido" o les hubieran pedido que produjeran contenido. ¿Por qué? Porque ellos eran escritores. Escribir es un arte. Un oficio, sin duda, otorgado más de nacimiento que por el aprendizaje, pero, no obstante, es un arte. Y las artes son los cimientos sobre los que se construyen los legados. Un escritor entiende esto. Un escritor entiende que su vida será juzgada y percibida más allá de su vida por la calidad de lo que escribió. Y, por lo tanto, cada página, cada oración, cada palabra que emane de su pluma tiene que ser, debe ser, una escritura de la que esté orgulloso. ¿Qué demonios saben los "productores de contenido" y cuál es el valor del "contenido" que producen? ¿Puede alguien decirme quién es el Gore Vidal de "producción de contenido"? ¿Puede Jay Fielden decírmelo? ¿Puede Hearst decírmelo? Porque no puedo evitar dejar de lado la sensación de que la "producción de contenido" que reemplaza a la escritura - en esta revista y otras publicaciones - es equivalente a sustituir muebles hechos a mano por los de IKEA. ¿Quién será el Faulkner de este milenio? ¿Quién será el Talese del siglo XXI? Esta pregunta sin duda es más grande que el destino de una revista para hombres. Pero cuando salí de la puerta de arribos en el aeropuerto de Phoenix y lancé la última Esquire a la basura, supe que era momento para practicar una despedida... en realidad, simplemente adiós.

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